Retrato de Shawn, un donante de órganos que salvó tres vidas.

Rosanna Jordan

Dios lo sabe

Dios puso en mi vida a un joven con problemas cuando tenía 15 años. Shawn vivió con nosotros hasta su prematura muerte a los 28 años. Su madre era adicta y falleció mientras vivían en un albergue para personas sin hogar. Como no tenía a ningún progenitor con él, en el albergue le dijeron que no podía quedarse. Empezó a vivir en el bosque. Mi hijo, que era compañero de clase suyo y seis días más joven que él, me contó la situación de este joven y me preguntó si podíamos ayudarle. No fue nada fácil, pero supe ver más allá de su apariencia dura y supe, en el fondo, que era un buen chico. El problema era que ya era alcohólico. Tenía un corazón bondadoso y un alma gentil, y pronto le quise como si fuera de mi propia familia. No tardó mucho en llamarnos «mamá» y «papá». Fue extraño, pero tres meses antes de fallecer, entró en la cocina y me dijo que yo era la única madre de verdad que había tenido nunca, que me quería y que mi marido era su único padre. Mi reacción fue: «¿Qué quieres, hijo?». Me abrazó y me dijo que quería que supiera que hablaba en serio: yo era su madre y mi marido, su único padre. Nunca había conocido a su padre biológico. Las últimas palabras que intercambiamos fueron: «Mamá, me voy a nadar, te quiero». A lo que yo respondí: «Yo también te quiero, hijo, diviértete». Poco después, recibí una llamada. Se había resbalado del maletero de un coche y se había golpeado la cabeza. Lo estaban trasladando en helicóptero al Shock Trauma. Para cuando llegué allí, salió el médico y me dijo que tenía una hemorragia cerebral masiva y que su lesión era irreversible. Inmediatamente dije que queríamos que se donaran sus órganos. Mi hijo tenía 28 años. Pero ahora sigue vivo. Salvó la vida de tres personas y él habría querido eso. Era de esos que, si un desconocido necesitaba 5 dólares y él solo tenía 3, preguntaba por ahí para pedir prestados los otros 2. Habría dado hasta la camisa que llevaba puesta a cualquiera que se lo pidiera y siempre echaba una mano a un amigo o vecino. Aunque ya no está, sé que habría querido ayudar a otros a seguir viviendo. Dios me lo trajo por una razón y me lo quitó una vez que cumplió su propósito. Espero que aquellos que recibieron su

Desplazarse hacia arriba