Fonso era un joven con una personalidad arrolladora. Era una fuerza de la naturaleza imparable, que siempre anteponía a los demás a sí mismo. Llegó incluso a dejar su vida en suspenso para cuidar de nuestra abuela, para que pudiera vivir cómodamente en su casa —una relación que lo era todo para ambos—.
Su entusiasmo por las fiestas, sobre todo por la Navidad, era increíble. La Navidad era su época favorita del año porque toda la familia se reunía. Tenía por costumbre invitarnos a todos al cine; simplemente quería que hiciéramos juntos algo que a él le encantaba. También le encantaba hornear, pasar tiempo con los amigos y escuchar a Pink Floyd.
«La sonrisa de Fonso iluminaba las habitaciones; no solo una, sino varias».
En abril de 2016, Fonso falleció a los 31 años. Nuestra familia tomó la decisión de donar sus órganos, y él ayudó a salvar la vida de cuatro personas con su corazón, sus pulmones y sus riñones, así como a cientos más gracias a sus tejidos, su piel y sus válvulas.
Echo de menos sus fuertes abrazos y su risa. Su risa era única, y todavía puedo oírla; siempre me hace sonreír. El legado de Fonso perdura a través de su familia, sus amigos y las personas a las que ayudó.
