Ida, nuestra querida hija, siempre estaba cantando y bailando, y parecía que casi nunca tocaba el suelo con los pies. Sus cuatro hermanas mayores la querían mucho y, desde el momento en que nació, siempre la tenían en brazos, la mecían, la besaban y la abrazaban.
Ida estaba convencida de que era muy querida y siempre estaba dispuesta a vivir una aventura con alguna de sus hermanas, con su madre o con su padre. Su pasatiempo favorito era jugar a juegos de simulación y disfrazarse con su hermana Ronia, bailar y cantar, y sumarse a cualquier lugar donde hubiera buen ambiente.
Ida me enseñó a detenerme y disfrutar constantemente de los pequeños momentos con ella, y que tener un quinto hijo fue una incorporación maravillosa a nuestra familia. Echamos de menos el repiqueteo de sus pies al bailar, su personalidad alegre y chispeante, y la esencia que aportaba a cada momento de nuestras vidas.
