A Nina Carbone, una heroína de la donación, se la recuerda por los regalos de vida que ofreció a los demás.

Nina Carbone

Un hermoso resplandor


«Nina iluminaba cualquier estancia en la que entraba con su hermoso resplandor».


Mi preciosa hermana Nina tenía 23 años. Era la mayor de cinco hermanos y quería muchísimo a sus hermanos y a sus padres. Cuando venía a visitarnos, sabíamos que era ella la que subía corriendo las escaleras haciendo mucho ruido. Nos poníamos muy contentos cuando venía y gritábamos de alegría al verla llegar. Dondequiera que fuera Nina, llevaba la felicidad consigo. Era mi mejor amiga y mi media naranja. La voz y la risa de Nina eran tan sonoras que las reuniones familiares nunca volverán a ser lo mismo, porque ya no está allí para llenarlas de su alegría. Nina bailaba de alegría cada vez que comía. Le encantaba cualquier tipo de comida, sobre todo la de Taco Bell. Se preocupaba por los demás y los quería. Ponía a los demás por delante de sí misma. Me enorgullece saber que salvó dos preciosas vidas como donante. Ayudaba a los demás; eso era lo que la definía. Nina me enseñó la fuerza que tengo ahora. Me enseñó que tengo que ser un pilar para nuestros hermanos. Haré cualquier cosa por ellos gracias a ella. Me enseñó a no tener miedo de nada en la vida. Nada le infundía miedo. Mantengo vivo el recuerdo de mi hermana a través de mi negocio de pestañas, dedicado a ella. Ella quería ser su propia jefa y vender pestañas por su cuenta. Esto me recuerda que eso era lo que le apasionaba. Mi familia y yo mantenemos vivo su nombre. Su presencia sigue viva. Echo de menos nuestras noches de pijamada, las salidas al centro comercial y las salidas a por comida a altas horas de la noche. Echo de menos oír su voz fuerte y su risa. Echo de menos todos nuestros recuerdos, pero nunca olvidaré lo mucho que apreciaba cada momento que pasaba con nosotros. Siempre se aseguraba de recordarnos lo mucho que nos quería.

Desplazarse hacia arriba